Mucho se critica al mundo por ser engañoso y fatuo y, no obstante, no nos desprendemos de él, porque los apetitos terrenales aún nos dominan demasiado. Unas cosas nos llevan a amarlo y otras a despreciarlo. Nos incitan a amarlo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (1 Jn. 2, 16). Pero las penas y las miserias que sin falta les siguen, engendran odio y aversión al mundo.