4. Por eso, Señor Dios, hasta considero un gran
beneficio no poseer muchas de esas cosas por las cuales los hombres pueden
honrarme y alabarme. Por lo tanto, cualquiera que mire a su pobreza y a la
vileza de su persona, no debe concebir un sentimiento de congoja, de tristeza o
de abatimiento, sino de consuelo y de grande serenidad, porque tú, Señor, a los
pobres y a los despreciados por el mundo, los has escogido como tus más íntimos
amigos.