No hay nada que pueda distraer o rebajar a los santos, porque, llenos de la eterna verdad, arden en el fuego de un amor inextinguible. Callen, por lo tanto, los hombres carnales y sensuales, que sólo saben apreciar el placer personal, y dejen de discutir del estado de los santos. Ellos quitan y agregan a los bienaventurados según les sugiere el propio capricho, no como lo dispone la eterna verdad.