La vida sobre la tierra es verdaderamente una cosa mísera. Cuanto más el hombre aspire elevarse espiritualmente, tanto más la vida se le volverá amarga porque constata plenamente y ve con mayor claridad las deficiencias de la corrupción humana. En efecto, el comer, beber, velar, dormir, descansar, trabajar y estar sujeto a las demás necesidades naturales constituyen, en verdad, una gran miseria y aflicción para el hombre de espíritu que preferiría verse sin esas ataduras y libre, también, de todo pecado.