En cambio, los santos de Dios y todos los buenos amigos de Cristo no perseguían lo que satisfacía la carne ni lo que halagaba la existencia, sino que toda su esperanza y todos sus propósitos se dirigían a los bienes eternos. Todos sus deseos se orientaban hacia lo alto, hacia lo eterno e invisible, para que el amor a las cosas perecederas no los arrastrara a las cosas viles. Hermano, no pierdas la esperanza de progresar en el espíritu; todavía te quedan tiempo y posibilidad.