miércoles, 12 de noviembre de 2014

Noviembre 11

         Dulcísimo y bondadosísimo Jesús, ¡cuánta veneración, cuánta gratitud y alabanza incesante se te deben tributar por la recepción de tu cuerpo sacrosanto, cuya dignidad no es capaz de expresar ninguna lengua humana!
      ¿Qué pensamientos deberé tener al acercarme a mi Señor en esta comunión, al Señor que no alcanzo a venerar en la medida debida y que, sin embargo, deseo recibir con sentimiento de devoción?

      ¡Qué pensamiento más oportuno y más provechoso que rebajarme totalmente frente a ti ensalzando tu bondad infinita en mi persona?
      Te glorifico, mi Dios, y te celebro eternamente. Me desprecio y desde el abismo de mi miseria me someto totalmente a ti.

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