2. Tú me ordenas acercarme a ti con toda confianza si quiero ser de tu compañía y me mandas recibir el alimento de la inmortalidad si quiero alcanzar la vida eterna y la gloria. Venid a mí todos -afirmas- los que estáis cansados y oprimidos y yo os aliviaré (Mt. 11, 28).
Dulce al oído del pecador es esta palabra, y llena de intimidad. Con ella, Señor y Dios mío, invitas al pobre y al necesitado a recibir la comunión de tu Cuerpo Santísimo.
Pero, ¿quién soy yo, Señor, para que presuma acercarme a ti? Toda la extensión de los cielos no pueden contener tu grandeza y tú dices: ¡Venid a mí todos!
3. ¿Qué significa esta condencendencia tan bondadosa y esta invitación tan amorosa? ¿Cómo me atreveré acercarme a ti, yo que no encuentro en mí ni la sombra de algo bueno que pueda darme aliento para hacerlo? ¿Cómo podré albergarte en mi casa, yo que tantas veces he ofendido tu presencia tan benigna?
Los ángeles y los arcángeles ante ti se postran con toda reverencia, los santos y los justos te temen, y tú dices: ¡Venid a mí todos! Y si no lo dijeras tú, Señor, ¿quién lo creería? Y si no lo mandaras tú, ¿quién osaría acercarse?
Dulce al oído del pecador es esta palabra, y llena de intimidad. Con ella, Señor y Dios mío, invitas al pobre y al necesitado a recibir la comunión de tu Cuerpo Santísimo.
Pero, ¿quién soy yo, Señor, para que presuma acercarme a ti? Toda la extensión de los cielos no pueden contener tu grandeza y tú dices: ¡Venid a mí todos!
3. ¿Qué significa esta condencendencia tan bondadosa y esta invitación tan amorosa? ¿Cómo me atreveré acercarme a ti, yo que no encuentro en mí ni la sombra de algo bueno que pueda darme aliento para hacerlo? ¿Cómo podré albergarte en mi casa, yo que tantas veces he ofendido tu presencia tan benigna?
Los ángeles y los arcángeles ante ti se postran con toda reverencia, los santos y los justos te temen, y tú dices: ¡Venid a mí todos! Y si no lo dijeras tú, Señor, ¿quién lo creería? Y si no lo mandaras tú, ¿quién osaría acercarse?
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