miércoles, 12 de noviembre de 2014

Noviembre 12

        3. Sí. Tú eres el santo de los santos, yo un basural de pecados. Tú te rebajas hasta mí, mientras yo no soy digno de mirarte siquiera. Tú llegas a mí, quieres estar conmigo y me convidas a tu mesa; quieres darme de comer el pan de los ángeles que no es otra cosa, por cierto, que tu misma persona, pan vivo bajado del cielo y que da la vida al mundo (cfr. Sal. 77, 25; Jn. 6, 33.51).
      4. Si se considera de donde parte este amor, ¡cuán grande aparece tu condecendencia y cuán profundas acciones de gracias y alabanzas se te deben por estos misterios!

      ¡Qué útil para nuestra salvación fue tu designio de instituir este sacramento! ¡Cuán suave y cuán agradable es este banquete en el cual te das a ti mismo en alimento! Señor, ¡qué maravillosa es tu acción, qué poderosa tu fuerza, qué inefable tu verdad!
      Hablaste y las cosas fueron creadas (Sal. 148, 5), y también fue instituido este sacramento como tú lo mandaste.
      5. Es una cosa maravillosa, digna de la mayor fe, una cosa que excede la humana comprensión, que tú, Señor y Dios mío, verdadero Dios y verdadero hombre, estés contenido todo entero bajo las pequeñas especies del pan y del vino y que seas comido sin consumirte por el que te recibe.
      

No hay comentarios:

Publicar un comentario