CAPÍTULO 3
ESCUCHAR HUMILDEMENTE LA PALABRA DE DIOS
QUE MUCHOS NO APRECIAN DEBIDAMENTE
1. Escucha, hijo, mis palabras. Son palabras dulcísimas, más elevadas que toda la doctrina de los filósofos y de los sabios de este mundo.
Mis palabras son espíritu y vida (Jn. 6, 63) y no hay que interpretarlas según el entendimiento humano. No se deben oír por vana complacencia, sino en silencio y recibirse con suma humildad y ardiente amor.
2. Yo dije: Bienventurado aquel a quien tú educas, Señor, y a quien instruyes por tu ley, para darle descanso en los días aciagos (Sal. 93, 12-13) y para que no sea desamparado sobre la tierra.
2. Yo dije: Bienventurado aquel a quien tú educas, Señor, y a quien instruyes por tu ley, para darle descanso en los días aciagos (Sal. 93, 12-13) y para que no sea desamparado sobre la tierra.
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