CAPÍTULO 52
JUZGUÉMONOS DIGNOS
DE CASTIGO Y NO DE CONSUELOS.
1. Señor, no soy digno de tus consuelos ni de ninguna visita espiritual tuya, y por lo tanto obras correctamente conmigo cuando me dejas pobre y apesadumbrado. Aunque derramara un mar de lágrimas tampoco sería digno de tus dulzuras. De manera que sólo merezco azotes y castigos porque con frecuencia y gravemente te he ofendido y he pecado mucho y de muchas maneras.
Después de haber considerado atentamente lo que soy, veo que no merezco de tu parte el más mínimo consuelo. Pero tú, Dios clemente y misericordioso, que no quieres que perezca la obra de tus manos y manifiestas las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia también por encima de cualquier merecimiento, conforta a tu siervo de un modo sobrenatural. Porque tus palabras consoladoras no son vanas como las palabras humanas.
Después de haber considerado atentamente lo que soy, veo que no merezco de tu parte el más mínimo consuelo. Pero tú, Dios clemente y misericordioso, que no quieres que perezca la obra de tus manos y manifiestas las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia también por encima de cualquier merecimiento, conforta a tu siervo de un modo sobrenatural. Porque tus palabras consoladoras no son vanas como las palabras humanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario