martes, 30 de septiembre de 2014

Septiembre 30

        ¿Qué es lo que más quieres de un culpable y miserable pecador, sino que se arrepienta y llore por sus pecados?
      De la sincera contrición y de la humillación interior brota la esperanza del perdón, se reconcilia la conciencia trastornada, se recupera la gracia perdida y se protege el hombre de la ira futura. Dios y el alma arrepentida se apresuran para darse fraternalmente el abrazo de paz.

      4. Señor, grato sacrificio para ti -más suave en tu presencia que el perfume del incienso- es el humilde arrepentimiento de los pecadores. Y es este además el ungüento agradable que quisiste se derramara sobre tus sagrados pies: porque tú nunca has desdeñado un corazón contrito y humillado (Sal. 50, 19).
      En este sincero arrepentimiento se encuentra el refugio cuando se huye de la amenazante presencia del enemigo. En él se corrige y se limpia todo aquello que por diferentes causas fue deformado y manchado.

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